Un dí­a, nuestro Taita Dios, contemplando todos los sufrimientos que tenemos que pasar los seres humanos para alimentarnos, vestirnos y establecer nuestra morada, se compadeció de nosotros y decidió hacernos la existencia más fáÁ¬cil y llena de felicidad.
Para esto, se asomó hacia la tierra y llamó al chiÁ¬waku o zorzal andino:
-¡Chiwakuuuuuu! ¡Chiwakitoooooo!
El chiwaku, que estaba cantando sobre unos tunales, lo escuchó y se apresuró a acudir al lado de Taita Dios.
-Á¿Para qué me estará llamando nuestro Diosito? -se preguntaba en el trayecto, mientras volaba hacia el cielo-. Seguro que quiere enviarme como comisionado hacia alguna parÁ¬te, como siempre lo hace.
Pasaban y pasaban las nubes a lo largo de todo el camino. El viento de las alturas le peinaba las plumas. Por ahí­, algún gavilán viajero le envió un fugaz saludo agitando la punta de un ala.
-Á¿Adónde está viajando, taita chiwaku?
-Hacia el Hanaq Pacha, taitay. No sé para qué me está necesitando Taita Diosito.
Así­, pronto llegó a Killa Pata, lugar donde mora la señora luna. Allí­, se alojó y pernoctó por una noche. Y, al dí­a siguiente, reanudó su viaje.
Dizque hací­a mucho frí­o, allá arriba, y el chiwaku se vio obligado a usar su ponchito y su bufanda. Después, empezó a sentir hambre y tuvo que comer su canchita con queÁ¬so. Más allá, empezó a sentirse agotado y tuvo que chakchar o acullicar un puñado de coca.
De ese modo, después de estar viajando durante dos, tres, cuatro… siete dí­as, descansando de vez en vez en cada estrella que encontraba, reposando en la blandura de alguna que otra nube, el chiwaku llegó al Hanaq Pacha, al cielo. Y allí­, se entrevistó con nuestro Taitacha Dios.
El Taita Todopoderoso dizque estaba sentado en su divino trono, rodeado de muchos ángeles y querubines, escuÁ¬chando una subyugante música celestial.
-Qué bueno que has venido, taita chiwaku -le dijo Taita Dios-. Quiero enviarte un encargo a todos los hombres de la tierra, de la Mama Pacha.
Y depositó en las manos, digo mejor, en las alas del chiwaku una ollita de arcilla, tan común como cualquier otra, sólo que más bonita y resplandeciente.
-Pero, Á¿para qué les servirá esta ollita? —preguntó el chiwaku.
Viendo la desazón y el desconcierto del zorzal andiÁ¬no, Taita Dios le explicó:
-Esta ollita es el Arí­ Mankacha. Es una ollita muy milagrosa, a la que se debe de pedir nomás lo que uno desee o precise. A ver, pide lo que más estás deseando.
El chiwaku, que habí­a realizado un largo viaje y se hallaba muy hambriento, pidió:
-Quiero una rica tuna.
Y, al instante, se le apareció una penca llena de jugosas tunas, ya coloradas, ya blanquillas, ya moradas…
Después, pidió algo para beber y, de súbito, se le presentó un cántaro lleno de espumante chicha de jora. Acto seguido, hizo la prueba pidiendo un poncho, una casa, una bella esposa. ¡Y en todo fue complacido!
¡El chiwaku estaba maravillado por tal portento diÁ¬vino!
En el viaje de regreso, el enviado de Taita Dios se iba preguntando:
-Pero, Á¿qué tendrá esta ollita para ser la que es? ¡Debe tener algún secreto!
El chiwaku curioso observaba la ollita por todos los lados y no notaba nada extraño. Metí­a la cabeza por la abertura: oscuridad nomás veí­a dentro de la olla.
-Pero, debe de tener algo -se volví­a a preguntar-. Debe de tener algún secreto divino que Taita Dios no quiere que yo sepa. Á¿Qué será?
Y pensó que, quizás, si llegaba a descubrir el secreÁ¬to, él se volverí­a un todopoderoso como lo es Taita Dios.
Y así­, cuando ya se encontraba muy cerca de la TieÁ¬rra, no pudo contener la fuerza de la ambición de poder y de la curiosidad, y dejó caer la ollita sobre una piedra.
Entonces, ¡chaqllaq!, el Arí­ Mankacha estalló en mil pedazos.
El chiwaku desobediente se apresuró en descender a la Tierra y, entre los restos de la ollita sagrada, no enconÁ¬tró nada extraño.
¡Como cualquier ollita ordinaria nomás, pues, habí­a sido el Arí­ Mankacha!
En ese instante, se escuchó la voz colérica de Taita Dios:
-Desde ahora, por desobediente, serás un pájaro desÁ¬preciado por todos los hombres. Todo lo que comas pasará ráÁ¬pidamente por tus tripas. Y así­, vivirás siempre hambriento. Y de tanto defecar y defecar, el ano se te llenará de sarna.
Efectivamente, por esto, al zorzal andino los niños de la sierra lo odian y lo insultan:
-¡Fuera, chiwaku pasaq siki! ¡Chiwaku sarna siki! ¡Por tu culpa nomás estamos padeciendo, chiwaku maldecido!
Y el infeliz chiwakito huye como alma que lleva el diablo de los furibundos hondazos que le propinan los muchachos, chillando como un poseí­do, aleteando desesperaÁ¬damente por entre las arboledas y los tunales.
¡Chukis… chukis… chukis…!
Por otra parte, a veces, suele encontrársele posado sobre una penca de tunal, en las mañanitas, mientras aguarda la salida del sol, cantando con un tono quejumbroÁ¬so, muy triiiiste, como pidiéndole a Taita Dios perdón por su desobediencia.
Yo soy chiwakito
corazón atormentado
de tus lindos ojos
vivo enamorado..
.
En él se inspiran poetas y cantantes para rendirle tributo al más sublime de los sentimientos: el amor…

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