Por: Rolly Valdivia.

 
De las orillas del Pací­fico a las faldas de un volcán coronado de nieve, esa es la clave del Corredor del Contisuyo, una propuesta turí­stica que integra las provincias de Caravelí­ (Arequipa) y Parinacochas (Ayacucho) en un viaje fascinante por valles, mesetas y montañas.
Es una cuestión de orgullo, de sacar cara por la región, porque cuándo se ha visto que un limeño enclenque, un costeño recién llegado, un autodenominado aventurero cuya mayor osadí­a en las rutas del paí­s es o debe de ser el acrobático pie derecho inducido u ordenado por el cobrador de una combi, parezca estar fresquito y sin rasgos de soroche, mientras que él —un hijo de la altura— vive un auténtico calvario. Pero de ninguna manera lo hará. Continuará andando a pesar del sueño postergado por culpa del trabajo y de esa dosis extra de agotamiento, cortesí­a de la trocha destruida por las interminables lluvias. Su pésimo estado complica el acercamiento total al volcán Sara Sara. Es por eso que ahora tiene que aferrarse al timón y concentrarse al máximo para superar con precisión quirúrgica las enormes piedras y los cráteres carreteros, que se le presentan como si quisieran probar su habilidad para andar por las rutas serranas.
AVENTURA EN LA MESETA
El Corredor del Contisuyo, injustamente, ha sido poco aprovechado por el turista nacional. La siguiente crónica nos da cuenta de una geografí­a que nos regala caminos desafiantes, cielos diáfanos, un volcán pletórico de historias y mucha vida alrededor de una laguna espejo.

 
Vale la pena ir.
Hubiera bastado un pequeño error para que esta historia no se escribiera; pero David Cayo, el gerente municipal del distrito de Puyusca (Parinacochas, Ayacucho) tiene que fungir de piloto de los Caminos del Inca, mientras que su aliado, Miguel, un comunero del anexo de Huacachipa, se entiende con el pico y la lampa, herramientas que utiliza diestramente para hacer amansar el sendero. No es suficiente. Llega un momento en el que el pico y la lampa ya no sirven de nada. Nada de eso le interesa al pundonoroso David quien, a pesar de su somnolencia y cansancio de manos a la cintura, sigue avanzando hacia la base de esa monta- ña de poncho congelado que alcanza los 5,505 msnm y se encuentra a 2,000 metros sobre la meseta y la laguna Una propuesta turí­stica que es mar, valle y altura. Una posibilidad de desarrollo para distritos alejados. 4×4. Es tiempo de andar. No un par de horas como estaba previsto. Serí­an más. Cuatro o cinco para llegar y volver de esa montaña de la que ‘te vas a enamorar’, como le habí­an advertido al limeño de las bajadas con el pie derecho. Fue un amor a primera vista o al primer clic. Un lechazo certero en los lí­mites de Arequipa y Ayacucho. Una pasión irrefrenable que se desatarí­a dí­as antes del trayecto por esa trocha agujereada, pero varios siglos o acaso milenios después del inicio de las volcánicas, tórridas y supuestas relaciones o coqueteos sentimentales entre la nieve del Sara Sara y un trí­o de encumbrados galanes. de Parinacochas, con sus esbeltos e icónicos flamencos que convierten en realidad el histórico sueño de San Martí­n. Corredor turí­stico Libertad, armoní­a y aire puro en la ruta al “Apu femenino de mayor rango de la región sureña de Ayacucho”, como se lee en la investigación Las amazonas del Apu Sara-Sara: “Qasiri warmi llaqta” (pueblo de mujeres sin marido) del antropólogo Sabino Arroyo Aguilar. En la introducción de dicho texto, el autor menciona al trí­o de galanes que inquietan tanto al autodenominado aventurero.

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