La Natividad conmemora un nacimiento muy pobre de un personaje histórico, cuya vida fue de entrega y sacrificio y que concluyó con su muerte ajusticiado en la cruz entre dos ladrones. En vida fue abandonado por sus escasos seguidores, traicionado por uno de ellos y a su ejecución sólo asistieron su madre con su hermana, su discípulo Juan y María Magdalena. Jesucristo nació, vivió y murió pobre. La Navidad que conmemoramos describe el portal de Belén, único lugar donde pudieron refugiarse María y José, tras ser rechazados por ser extranjeros indigentes de todos los posibles lugares de acogida. Dos mil años después, los rituales navideños se limitan a comidas y cenas lujosas, regalos por doquier (pero sólo para la familia) y consumismo desbocado, todo aderezado de lotería para hacerse rico de golpe y sin dar golpe. Incluso a los niños se les encarrila por la senda de los juguetes por docenas, vacaciones sin tareas, y egocentrismos en cadena. Mientras, ese cuarto mundo que vive en nuestros suburbios se asoma por las calles comerciales, junto a los nuevos extraños venidos de fuera a quienes parecemos no querer ver. Seguro que el niño Jesús preferiría unas navidades de menos viandas y más dádivas para socorrer a las nuevas familias que viven entre nosotros y que, por cierto, son las que más nacimientos alumbran. Sólo habrá Feliz Navidad cuando la felicidad y la prosperidad sean para todos.


Hace cosa de dos milenios, en Belén de Judá, una estrella se posó sobre un establo o una cueva, sea lo que fuere. Una estrella, cuya esencia misma es alumbrar la nada, contrastar en las tiniebla que aniquila en derredor por su misma estatura.

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