Todos los dí­as escribo. Me levanto en las mañanas y hojeo los periódicos. Leo noticias de crí­menes. De la farándula limeña. De deportes. Á¿Y de cultura?; casi no hay nada de cultura en los diarios. Las páginas de los periódicos están infestadas de fotos de mujeres desnudas, a todo color. ¡Diablos!, reniego. Recuerdo que, en la época del General Juan Velasco Alvarado, en su gobierno revolucionario, leí­a en los diarios cuentos breves y poesí­a. Habí­a noticias de arte, música y entrevistas a artistas y escritores populares… Á¿Por qué todo eso ha cambiado? No sé. Ahora, nuestra vida cotidiana es otra. Todos los dí­as trabajamos intensamente. Todos los dí­as forjamos planes audaces. Cada dí­a, cada hora, cada minuto, cada segundo… Estamos acostumbrados a esto. Esta vida es parte de nosotros. Hay gente que vive bien. Hay gente que vive mal. Hay gente que todos los dí­as se da un gran banquete. Hay gente que todos los dí­as sufre hambre y miseria. Por ahí­, escuché decir que en nuestro paí­s hay gente que se va a Miami a comprarse un chocolate o una soda, sólo por darse ese gusto. Pero, también, hay gente que tiene que hacer malabares para poder alimentar a sus hijos con comida para perros. Esta vida nos parece tan natural y necesaria, como el aire que respiramos. Nosotros no hemos conocido otra vida. Nosotros sólo vimos violencia, abuso y muerte a través de nuestra historia. Nosotros hicimos interminables colas entre una fila de hombres hambrientos y sombrí­os para conseguir un pan. Recorrimos los polvorientos caminos de la represión y la guerra polí­tica, entre escombros y alaridos y lágrimas. Vimos la bota militar pisotear nuestra miseria y a las madres llorar a sus hijos o esposos desaparecidos. Vimos las columnas de humo gris salir de los hornos crematorios de los cuarteles y a las fosas comunes abiertas con montones de cadáveres de niños y mujeres y ancianos. Vimos a nuestros pueblos serranos heridos y en ruinas. Somos hijos de esa violencia. Por eso, nos cuesta tanto comprender lo que ha pasado… Pero, en el fondo, somos seres humanos. Tras esta cruda realidad, tenemos atesorada una ternura innata, maravillosa. Tenemos el corazón abierto y siempre estamos mirando hacia adelante. En el fondo de nuestros corazones, abiertos al agitado viento de nuestra realidad, se anida una palabra pequeña; pequeña pero sumamente profunda, luminosa y entrañable: Perú. Una hermosa palabra. Y Perú es nuestro pueblo, nuestro paí­s. Por eso, mirando los bellos contornos de mi pueblo, de mi patria, observando sus maravillosas cordilleras y lagos y rí­os, ahora, escribo. Escribo como maestro y como escritor. Escribo para mi pueblo. Y lo primero que se me viene a la mente, para escribir, es sobre la época de mi infancia. Mi infancia con todas sus cosas y sus recuerdos. Ese es un rasgo peculiar en el ser humano, vivir recordando su infancia, su juventud, su vida pasada. He escrito mucho sobre ella, sobre mis mascotas, sobre los paisajes que -en esa época remota- me embrujaron. Por eso, sigo escribiendo sobre ella…sref1

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