Dicen que esta historia ocurrió en la laguna Inka-Wasi. Una laguna que está ubicada, al pie del Volcán Sarasara.
Dice que una cholita estaba cuidando sus ovejas. Muy cerca de la laguna, dice, las estaba cuidando. Para que no se lo coman los pumas o los zorros, las estaba cuidando.
Era una cholita que siempre andaba sola. Casi no tení­a amigas. No conversaba con nadie. Y era huérfana de madre.
Su padre se habí­a vuelto a casar, con una mujer mala. Su madrastra. Esa madrastra siempre la trataba muy mal. Le daba bastante lana para hilar. Y ella tení­a que hilar hasta que se acabe la lana. Si no, su madrastra la castigaba. Feo la castigaba.
Por eso, la cholita tení­a que estar hilando siempre. Hasta que se le acabe la lana, tení­a que estar hilando.
Y, en eso, se le presentó un joven. Dice que era un joven muy buenmozo. Montado en su caballo blanco se le apareció. Con un poncho blanco y espuelas de plata. Sombrero, también, blanco. Toooodo blanco, el joven.
Entonces, la cholita se asustó mucho.
Seguro que me va a hacer daño este joven, pensó.
Pero no: el joven habí­a sido muy amable y bueno. Le invitó a dar un paseo.
Pero, la cholita se negó, aduciendo que tení­a que terminar de hilar la lana.
Si no lo hago, mi madrastra me va a castigar, dijo.
Pero, el joven insistió.
Vamos a dar un paseo, en mi caballo, le dijo.
Ahí­, montada en el anca, podrás seguir hilando tu lana, le dijo.
Entonces, la cholita aceptó y se montó en el anca del caballo blanco.
Y así­, los dos, se fueron con dirección de la laguna de Inka-Wasi.
Y, cuando llegaron a las orillas de la laguna, el joven le pidió a la muchacha a que se bajara del caballo. Y él, también, se bajó. Y, después, ambos se sentaron en el borde de la laguna. Y se pusieron a conversar.
Conversaban y conversaban, mirando a los patitos de la laguna. Mirando a las parihuanas.
Después de un buen rato, el joven le dijo a la muchacha: cierra los ojos.
Á¿Para qué?, preguntó la cholita.
Cierra nomás, hazme caso, le insistió el joven.
Entonces, la muchacha cerró los ojos. Y así­, pasó un buen rato.
Y, cuando abrió los ojos, vio que se encontraba en un lugar bien bonito. En un palacio encantador.
Y, allí­, dice que habí­a mucho oro y mucha plata. Abundante comida, también, habí­a. Muchas frutas, de todas las clases.
¡La muchacha estaba encantada, muy feliz!
Y se dio cuenta de que, todo eso, se encontraba en el fondo de la laguna…
Y, mientras tanto, afuera, el padre de la cholita empezó a preocuparse. Y, al ver que la hija no retornaba a casa, la empezó a buscar.
La buscó por todo sitio.
Se fue a las orillas de la laguna, y la llamó, a gritos. Pero, la cholita no apareció por ningún sitio.
Entonces, el padre tuvo que resignarse a la pérdida de su hija. Culpó a su nueva esposa por esa pérdida.
Por tu culpa, he perdido a mi hija, le decí­a.
Y peleaban mucho. Hasta que la madrastra de la cholita abandonó al padre.
Y así­, pasó el tiempo. Hasta que, un dí­a, el padre —que estaba pastando sus ovejas, al borde de la laguna- vio a una muchacha que estaba cantando, bañándose, en medio de la cocha.
¡Estaba peinándose con un peine de oro!.
Y, cuando el padre se acercó más, la reconoció: ¡era su hija!…
Entonces, se metió en la laguna y empezó a nadar hacia ella. Y la cholita, cuando vio a su padre, se zambulló en la laguna y desapareció…
Desde ese dí­a, el padre siempre iba hacia la laguna, con la esperanza de encontrar a su hija.
Y, como ésta ya no aparecí­a, se fue a consultar a un brujo muy famoso. í‰ste le dijo que tratara de soñar con su hija. Y, cuando consiguiera soñar son su ella, la atrapara y no la soltara para nada. Hasta que despertara.
Y así­, una noche, el padre logró soñar con su hija. í‰sta estaba paseando en un jardí­n, portando una canasta llena de frutos. En ese sueño, dice, la hija estaba muy linda. Entonces, el padre la atrapó y no la soltó para nada.
Hasta que despertó.
¡Milagro, que caray! ¡La hija apareció en sus brazos, recostada en su lecho!
Claro, la alegrí­a fue grande. Habí­a recuperado a su hija, del encanto de la laguna. Hasta el canasto, lleno de frutos, estaba en las manos de su hija!.
Y, cuando el padre se lo arrebató, a la hija, se dio cuenta de que esos frutos se ¡habí­an convertido en oro!…
Y, con ese tesoro, padre e hija, vivieron muy felices. Y, dicen, que ese joven es el espí­ritu del volcán Sarasara.
De ese modo, nuestro Apu tutelar, siempre hace justicia con las gentes de nuestro pueblo…

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