• La mayoría de los pobladores de este pueblo ya han muerto o ya están muy ancianos. Aquellos niños de tu edad, ya son hombres completos e, incluso, ya tienen nietos. Qué lejanos y viejos se han quedado tus más cercanos e inmediatos contemporáneos. ¿Dónde estarán aquellos días en que tú te mostrabas, delant…e de tus padres, caprichoso y gemebundo, pataleando en el suelo, frente a un capricho no complacido? Recuerdas a tu madre, amorosa ella, suplicándote para que te tomes una cucharadita de sopa, que eso era bueno para que crecieras fuerte y pleno de salud, pero que tú cerrabas con fuerza la boca, llorando como un condenado… Sí, señor; ahora todo ha cambiado. Ya no están muchos de los personajes admirables e importantes que poblaron tu remota niñez. Ya no está tu abuelo ni la vieja Cirila, quienes te contaban cuentos de espantos y de condenados y de duendes, mientras tú te morías de miedo, a los rayos de la luna, mientras en las chacras se oían graznidos lúgubres de tukos y lechuzas, y cuándo no aullidos lastimeros de perros. Ya no está el tuerto Lucío Ukucha, un viejo flaco y desgarbado, quien repicaba las campanas de la iglesia con una maestría sin igual, tocando primero la campana grande y después la chica, en un contraste alegre o triste, o ambas cosas, y los que lo escuchaban decían que ése es el Lucío Ukucha carajo que está repicando o doblando las campanas como un verdadero campeón. Ya no está el Domingo Chischás, orejitas para atrás y zapatito tac-tac-tac, zapatero remendón, que cosía y remendaba zapatos y monturas de caballo, con una paciencia innata, sacando la puntita de la lengua, mientras clavaba y metía la lezna en el cuero. Ya no está el ciego Mariano, viejo de rostro picado por la virhuela y completamente ciego, quien pegado a su arpa de treinta cuerdas, imitaba los sones de la alborada y cantaba como un gorrión quejumbroso, con el rostro levantado hacia lo alto, diciendo picacho del Sarasara tú muy bien lo sabes de mis sufrimientooooooos. Ya no está el Manco Félix, hacedor de fuegos artificiales, y que además tocaba el violín con el arco amarrado al muñón de su brazo, y que en las borracheras tenían miedo de pelear con él, pues era contundente su arremetida con ese brazo amputado y que –decían- todavía tenía la punta de su hueso a modo de cuchillo. Ya no está la vieja Carolina, curandera y partera ella, que ayudaba a alumbrar niños y curaba sustos y daños de diversa índole, con sus hechicerías y sus hierbas infalibles, aparte de sus rezos en idioma quechua. Ya no está el Bombero Teves, viejo de poblada barba y siete corbatas, quien amenizaba las fiestas patronales de todos los pueblos de la región, con su bombo tronador, y vestido todo él de andrajos y con flores de retama en la cinta del sombrero. Ya no está la Wita Olga, una hermosa mujer, demente la pobre, y que perseguía a los niños que la fastidiaban, con piedras y palos, y que ocasionaba una trifulca de padre y señor mío en las calles. Ya no está el infeliz Tovar, un muchacho fornido y trejo, quien sufría frecuentes ataques epilépticos y se revolcaba en las calles, echando espumas por la boca y volteando los ojos como un poseído, por lo que la gente decía que estaba siendo poseído por el diablo. Ya no está el viejo Tanka, quien vendía pan y bizcochos y jugaba a las cartas como un verdadero campeón, aparte de tocar la bandurria con un estilo asombroso y peculiar. Ya no está el cura Lara, sacerdote borracho y mujeriego, quién dejó regados por toda la provincia hijos como cancha, sin reconocerlos y que ahora ellos existen con todas las características inocultables del cura, como son esos sus cabellos ensortijados y ese lunarcito azulino en una de sus mejillas. Ya no está el viejo Choqche, hábil amansador de potros chúcaros y arreador de ganados, quien, borracho y jubiloso, solía meterse en las cantinas con caballo y todo, ante el asombro de los pobladores y que además le hacía beber al caballo una botella de cerveza vertida en su sombrero. Ya no está el cholo Patache, un hábil tocador del charango huamanguino, y de quien -decía la gente- que él mismo se había hecho el instrumento musical, con trastes de palitos y cuerdas de tripa de cuy y con madera de sauce. Ya no está el cholo Pesao, quien trabajaba como telegrafista y además eran un infalible cazador de venados y vizcachas, cuándo no un gran lector de novelas de pistoleros. Ya no está el Qutu Mañuko, un menudo hombrecito, muy jorobado, y que jugaba el billar como todo un campeón, subiéndose en una silla de madera cuando no podía alcanzar la mesa del tapete verde. Ya no está el Miguel Bonilla, un gran maestro albañil que se hizo todas las piletas que adornan la plaza de los pueblos de la provincia, y que además tocaba la guitarra con gran habilidad, y cantaba valses criollos y rancheras. Ya no están, el Quru Maki Franklin Canales, el Satuko Guardia, don Ovidio Villaverde, don Jorge Jiménez, don Juan Franco, don David Morote y tu padre don Ricardo Aliaga, todo ellos músicos que, cuando se reunían en una cantina, hacían música hasta el amanecer, y hasta esa hora del amanecer se quedaban todos los curiosos, entre muchachos y viejos, escuchando esa retahíla de músicas folclóricas, entre huainos, wayllachas y yaravíes…
     
    Bueno, ya no están muchos de ellos.
    Ahora, la gente vive entre una vorágine de modernidad y de costumbres extrañas. Ahora ya no bailan ni cantan huainos como antes, con verdadero sentimiento y llorando en incontenibles sollozos; ahora, tienen vergüenza de hacerlo y más quieren cantar baladas y salsas modernas; fíjate, que hasta al huaino le ponen melodías extrañas, mezclándolo implacablemente, jodiéndole la melodía y el sentimiento telúrico. Ahora, ya todos visten a la moda, con ropas estrafalarias, y hablan solamente español e inglés, tratando de parecer muy cultos y progresistas; pues, todos parecen avergonzarse de hablar el idioma quechua y de vestir el poncho y la chalina… Ahora, a Pausa ya ha llegado la televisión y su influencia está transformando la mentalidad de los pobladores y, en especial, de los niños pausinos, reemplazando así la labor de los padres en la formación y en la educación de los hijos. Y esto es bueno, pero también es malo, según tu parecer. Bueno, es un tema, pues, que siempre va estar vigente y polémico. Pues, los niños se vuelven adictos a la pantalla chica, si es que no se les controla, y pueden pasarse horas y horas observando una serie de programas, los que no son necesariamente beneficiosos para su educación. Por eso, en Pausa, ya estás viendo a niños que llevan aretes en el pabellón del oído y hasta en la nariz y en la lengua; se peinan como si fueran un puerco espín, con colitas o mechones de pelo, dejados en forma ridícula y estrafalaria; se cuelgan al cuello coloridos y extraños collares como si hubiesen sido vacunados contra la rabia…
     
    ¿Qué es lo que más te cautiva de tu tierra? ¿Sus paisajes? ¿El sol? ¿La lluvia?… ¿Por qué siempre tienes deseos de volver aquí? ¿Qué es lo que te arrastra a respirar, nuevamente, estos aires llenos de recuerdos de infancia y juventud? ¿Por qué, aquí, las cosas te conmueven, desde las más insignificantes hasta las más llamativas y notorias?… Caminas por una calle y, de repente, te detienes frente a una puerta. Es una puerta recontra-vieja, llena de agujeros y toda despintada. Es la del peluquero del pueblo, don Isaac Carol, dizque un español afincado en Pausa por no sé qué motivos. Él les cortaba el cabello a todos los chicos de la escuela, jalándoselos, picándoles el cuero cabelludo; algunos lloraban en brazos de sus padres y no querían hacerse cortar el pelo. Él les cortaba el pelo, al estilo de pata-pata, en forma de andenes que bajaban desde la coronilla hasta la nuca… Bueno, esta es una puerta similar a las otras que hay en las calles del pueblo; pero ésta tiene un especial atractivo para ti, una especie de imán que te invita a ingresar en el pasado. ¿Por qué será? ¿Será porque allí, a un costado, tú te ponías a jugar a las bolas en tu infancia, mientras los clientes se hacían cortar el cabello? ¿Porque allí hacías bailar tus trompos rústicos hechos de palos de lloque? ¿Porque allí tincabas tus porotos multicolores, en una competencia a muerte con tus amigos? ¿Porque allí, sentado en el umbral, hacías rodar a tu kirkinchu, fabricado con chapas de gaseosas, aplanadas y agujereadas?… Bueno, en fin, es una puerta que te llama a tocarla, a acariciarla con los dedos, como si estuvieras acariciando el rostro de una abuelita amorosa… Y sientes que allí está tu universo de niño y, al instante, sientes también que se agolpan en ti muchas vivencias pasadas. Goces, juegos y llantos. Sí, allí está la puerta, apolillada en todas partes, pintada de azul, inmemorial, atesorando el secreto de lo que fuiste antes. En su mudez, en su abandono y soledad, esa puerta te está diciendo mucho. En esa puerta están el sol, la lluvia y todos los sonidos de tu remota niñez… ¿Dónde estará, ahora, don Isaac Carol? ¿Cortándole el cabello a los angelitos del cielo? Eso te lo decía tu madre; que todos los que mueren se van hacia el cielo. Don Isaac Carol era bueno y se habrá ido, pues, al cielo… ¡Ah, las puertas viejas de tu pueblo!… Puertas que gritan recuerdos, entre alegres y tristes… ¡Puertas que rechinan antigüedad, como si les doliera algo!…
     
    **********
     
    Tu pueblo Pausa, a pesar de muchos que ya tienen otras ideas contrarias a la religión, a pesar de los ateos como tú, no ha abandonado su fe tradicional y su devoción al Apóstol San Santiago. Al contrario, con el correr de los años y el avance de la modernidad, en tu pueblo parece que se ha incrementado estos sentimientos religiosos, acrecentando su tradición y sus costumbres festivas, en honor a ese barbado Santo Patrón, quien, montado en un blanco corcel y enarbolando una reluciente espada de plata, con los ojos enormes y desorbitados, fijos en la figura del infeliz moro que se debate debajo del caballo, se pasea todos los años, en el mes de julio, por las calles de tu tierra natal, al compás de la música que despliega la banda contratada desde Lima (antes, en tus tiempos, lo hacía al compás de una banda típica, conformada por un bombo, en manos del Bombero Teves, un platillo chillón, en manos del platillero Álvarez, y un clarinete, en boca del clarinetero Dámaso, quien, con aspavientos exagerados y quiebros acompasados, marchaba a la cabeza de la procesión). Recuerdas que, ustedes, los niños del pueblo, los chitis, remedaban a esta banda, tocando cajones o bateas en desuso como bombo, tapas de olla como platillos, y un trozo de carrizo en los labios, para marchar por todas las calles del pueblo, titu-titu-titu-tiiiiiiiituuuuu, chang-chang-chang, bom-bom-bombooommm, a la vista de toda la gente que salía a verlos pasar, entre risas y voces de aliento:
    -¡Buena, maqtillos! ¡Buena!… ¡Ustedes son mejores que la banda de don Dámaso!…
    – ¡Ajajaaay, chitis de la gramputa! ¡Tienen gracia para esta vaina de ser músicos!…
    Cada año, a partir del 21 de julio hasta afines del mismo mes, en el pueblo se vive con intensidad inesperada las fiestas patronales, aun por aquellos que están en su contra o con pocas ganas de fiesta. El entusiasmo colectivo arrastra a toda la comunidad; la gente pausina viene desde lejos, aun desde el extranjero, a reencontrarse con los familiares y amigos, para recordar vivencias inolvidables, blandiendo vasos de cerveza o chicha, cuando no copetines de cañazo majeño o de pisco de Ica o Caravelí. Allí, se acrecientan los sentimientos de amor hacia el terruño que los vio nacer; se escarban recuerdos pasados, de los abuelos, de las tradiciones y costumbres ya desaparecidas; a veces, se llora a moco tendido, abrazados a los familiares y amigos, y se maldice a la vida de mierda que es inexorable y cruel, que avanza y, sin compasión, deja todas aquellas vivencias vividas atrás, para ya no volverlas a recuperar, por más que uno quisiera, por más que uno tuviera plata o riquezas en el mundo, carajo, salud, hermano, hermanito del alma, aaaaay vida vidallayaaaa, vida que ya nunca volverá…
    De ese modo, los pueblos de la sierra, en este caso del sur de Ayacucho, escriben su propia historia, con tinta indeleble, a través de acontecimientos y costumbres comunales, los que le dan cierto colorido pintoresco, una variedad turística y -hasta cierto punto- una fuerza cósmica y telúrica que, con los años, van consolidándose en una tradición costumbrista muy atractiva, digna de gozarla y vivirla en toda su plenitud… Por eso, en este caso, has vuelto a tu tierra con la intensión de recordar vivencias pasadas y a reencontrarte con tus familiares y amigos; pero, más, viniste para alimentar tu espíritu de escritor, pues tienes en mente escribir una novela, en el que el protagonista principal sea tu pueblo, tu pueblo de antaño y el de ahora, porque tus paisanos siempre te están diciendo:… ya no estés escribiendo cojudeces, ¿por qué no escribes sobre nuestro pueblo?, y si así lo haces, por dios, por diosito, te lo juro, yo te voy a comprar docenas de libros para toda mi familia y hasta para enviarlos al extranjero, que todos lean y lloren recordando a su pueblo querido, a sus mujeres, a sus queridas, a sus andanzas cuando andaban descalzos, a sus primeros romances, a sus costumbres y tradiciones…
    Por eso, estás aquí, ahora

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