Encontramos al profesor y escritor paucino, en el auditorio de la Derrama Magisterial, lo abordamos y entablamos esta conversación:

* Recuerdo que, hace años, grabaste un tema musical que ganó el Encuentro Nacional de Folklore “INKARI” promovido por el gobierno revolucionario de Juan Velasco Alvarado. Fue con un tema muy sentimental dedicado a la madre: MI VIEJECITA. Á¿Qué te motivó a ello?

– Soy muy sentimental, como tú dices. Cuando murió mi madre, sentí­ que el mundo ya habí­a terminado para mí­. Posiblemente, en un nivel inconsciente, deseé morir y una forma de suicidio fue que me entregué a la bohemia y a la música. Allí­ nació el tema. Es más, el estar alejado de mi pueblo (aquella vez yo estaba estudiando agronomí­a en la ciudad de Ica), el estar en medio de un mundo un tanto hostil, entre estudiantes de diversos lugares del paí­s, en una ciudad con costumbres diferentes al de los pueblos de la sierra, fue para mí­ una experiencia traumática, de marginación y de dolor profundo. Esas vivencias me hicieron sentir que yo podí­a morir en cualquier momento. Lloraba muy a menudo, encerrado en mi cuarto, cuando nadie me veí­a. Y una forma de desahogo fue para mí­ la escritura. Empecé a escribir poemas y a componer canciones. Leí­a mucho y, al mismo tiempo, escribí­a pequeños relatos sueltos. Fruto de esos relatos es mi novela RECUERDOS DE LLUVIA que mereció el Premio Nacional de Educación “HORACIO”, 1994…

 
* Ahora, Á¿cómo recuerdas a tu madre?
– Recuerdo a mi madre diciéndome, cuando yo era pequeño: tú vas a ser aviador, hijo, y vas a manejar aviones; tú me vas a llevar a conocer el mundo entero… Cuando, por primera vez, me subí­ en un avión, para viajar al Cusco, pensé en ella. Yo le tengo fobia a los aviones porque siempre sueño que el aparato se viene abajo. Esa vez tuve que subir al avión porque no habí­a otra forma de viajar gratis, ya que tení­a el pasaje pagado, de ida y de vuelta, financiado por una entidad cusqueña, para que yo vaya a recibir el premio ganado en un concurso de literatura quechua… En todo el trayecto, no dejé de pensar en mi madre, y recé una oración para ella, yo que soy agnóstico…

 
* Á¿Cómo escribes tus relatos?
– Yo escribo de modo espontáneo. Yo no escribo a partir de esquemas o bocetos. Yo escribo a partir de ciertas ideas cotidianas que acumulo en fichas y, así­, las voy almacenando hasta que un dí­a las armo a modo de un rompecabezas. Así­ nacen los argumentos. Después, los someto a algunas correcciones, a ciertos cambios, les agrego otros y, de ese modo, llego al final de mis relatos.

 
* Á¿Lo haces a computadora?
– Yo escribo siempre a mano. Tengo callos entre los dedos de la mano derecha y en el codo izquierdo porque escribo recostado en mi lecho, rodeado de apuntes y papeles. Después, lo paso a la computadora. Ah, claro que extraño mucho a mi máquina de escribir porque perteneció a mi padre y en ella escribí­ desde que tení­a nueve años y a ella le debo muchas distinciones literarias. Ahora, la computadora me facilita las cosas; pero, frente a ella, no se me vienen las ideas; extraño el monocorde sonido de mi máquina de escribir HALDA. Cómo son las cosas Á¿no? Pensar que los escritores antiguos hicieron grandes obras literarias escribiendo con una pluma y un frasco de tinta lí­quida. Imagí­nate a Cervantes escribiendo su monumental obra: El Quijote…

 
* Á¿Crees que la computadora llegará a reemplazar a los libros?
– No, no, de ningún modo. No creo que la computadora llegue a reemplazar al libro. Una cosa es leer en cualquier lugar y a cualquier hora, sintiendo las páginas entre los dedos, retornando y avanzando, aspirando el aroma del libro, subrayando, marcando… Con una computadora no puedes hacer eso. Aunque, quizás, más adelante, el individuo ya no tenga necesidad de leer, ya que, de seguro, se llegará a inventar algún dispositivo con todos los conocimientos para insertarlos en el cerebro humano de algún modo. Pero, en lo que respecta a mí­, nadie me quita el placer por la lectura. El hombre del futuro no sabrá lo que se pierde…

 
* Á¿Cómo están los niños en los colegios, respecto a la lectura?
– Una cosa es cierta: cada dí­a más, los niños leen menos. En las escuelas no les despiertan el amor por la lectura porque los profesores no saben cómo hacerlo, ya que ni ellos mismo saben cómo leer y no les agrada la lectura. Los colegios no saben cómo despertar el interés por la lectura. Mira, Á¿se puede hacer eso con libros que están encarcelados en los anaqueles de las bibliotecas escolares y con un bibliotecario ceñudo que mira de mala manera a los niños? No, señor. Los libros tienen que salir de esas prisiones y pasearse libremente por el patio de las escuelas, al alcance de los niños. Claro que, para esto, se necesita que haya directores con decisión pedagógica y cojan al toro por las astas, como se dice. En un colegio de Ayacucho probé a hacer esta actividad, con la venia del director, y los resultados fueron asombrosos. Un dí­a, a la semana, a partir de la hora del recreo, los niños leí­an en el patio y en los corredores del colegio, algunos sentados, otros recostados en algún lugar, y otros hasta echados sobre ponchos y costales, todos enfrascados en la lectura. Era un espectáculo impresionante. Al final, a la salida, cómo suplicaban los niños para llevarse el libro a casa y así­ seguir leyendo. Al poco tiempo, me cambiaron de lugar de trabajo y dejaron de hacer esta actividad en ese colegio, con el absurdo pretexto de que los libros se estaban deteriorando y se estaban perdiendo, como si una cosa que usas mucho va a estar siempre nuevo y sano, caray…

 
* Es asombroso lo que me cuentas. Entonces, para qué son los libros Á¿no?…
– Eso mismo digo yo. Conozco colegios con hermosas bibliotecas, en los que hay libros de lujo, colecciones enteras y nuevas, nunca tocados por un ser humano. Y eso lo exponen, con cierto orgullo, los directores a sus ocasionales visitantes. ¡Eso es un crimen de lesa humanidad! Así­ como la ropa y los zapatos se gastan, al ser usados; del mismo modo, los libros han de gastarse al ser utilizados en demasí­a. Y eso sí­ que debe ser motivo de orgullo para los directores de los colegios. ¡Los libros estarán cumpliendo con su función! Qué bueno serí­a ver a los directores destinando una buena parte de los fondos económicos del colegio para la compra de libros, aunque nos quedemos sin festejar el Dí­a del Maestro o el Dí­a de la Madre… A propósito de eso, usted ha de caminar mucho porque tiene los zapatos muy gastados. En lo que respecta a la lectura, no puedo decir eso; todaví­a casi no leemos mucho…

 
* Á¿Su labor de maestro le da tiempo para escribir?
– A veces, me pongo de mal humor porque mi trabajo no me da tiempo para escribir lo que quiero. Sin embargo, cuando viajo en los carros o en los minutos del receso, entre clase y clase, voy pensando en lo que voy a escribir. De ese modo le voy dando forma a las historias o a los poemas. Es necesario sacrificar muchas cosas, renunciar a ciertos compromisos, para poder escribir…

 
* Me dicen que, aparte de ser escritor, usted también es músico. Á¿Qué piensa de la música que ahora se difunde en las radioemisoras?

– Hablando de toda la música que se difunde en las radios puedo decir que la gran mayorí­a es netamente comercial. Si se difunden canciones estúpidas es porque hay un público estúpido que la escucha. Pero, me alegro de aquella minorí­a culta que escucha una buena música, en especial de aquella que nos identifica como peruanos.

 
* Á¿Has estudiado música?
– No, yo toco de oí­do. Toco la guitarra, la mandolina, el charango, la quena, el acordeón y el rondí­n. Ah, claro, que toco también la puerta de las cantinas (risas)… En mi pueblo, mi padre era muy solicitado y querido porque tocaba la guitarra y la mandolina, aparte de ser un buen compositor de huainos y yaraví­es. Yo creo que empecé a tocar para ser como él: apreciado y querido, solicitado para amenizar muchas fiestas. Aparte de que él me decí­a: toca cualquier instrumento, hijo; eso es bueno; la música nos hace personas buenas y sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor…

 
* Á¿Qué piensas del huaino que, ahora, ha sufrido ciertos cambios en su interpretación?
– Desde hace un buen tiempo atrás al huaino se lo está manoseando y adulterando sin compasión, con el aplauso de algunos medios de comunicación, especialmente de la televisión y de los diarios chicha. Es una pena que muchos artistas, quienes empezaron con un buen pie, ahora estén trajinando en el mundo de la frivolidad y la ridiculez, al interpretar canciones deformadas por compositores alienados y mediocres. Tal es el caso de los hermanos Gaitán Castro, Max Castro y otros castros de por ahí­… Pero, felizmente, estos personajes de la música pasan y desaparecen con el tiempo, como tú sabes, ya que sus interpretaciones, salvo algunas, no tienen raí­ces ni personalidad; no expresan ni representan nada; son canciones mutiladas y creadas a la fuerza, con un afán netamente comercial… Mañana más tarde, de ellos no quedará ni el recuerdo…

 
* Á¿Cómo conviven en ti la música y la literatura?
– Los ví­nculos del arte y de la literatura, con la vida del pueblo y con la naturaleza, son inseparables. Cuando escucho un huaino o leo un cuento de tema andino, en la mente se me presentan imágenes muy familiares y entrañables. Percibo a mi pueblo, sus montañas, sus bosques, sus manantiales, sus rí­os, su sol, su lluvia, sus noches de luna… Y todo, todo, me suena como las quejumbrosas notas de un charango o el lamento solitario de una quena que gime perdida en la lejaní­a… En las letras andinas de un huaino o en el mundo fascinador de un cuento ambientado en el Perú profundo se reflejan muchos caminos pedregosos y espinosos, accidentado de cuestas y bajadas, por los que trajina nuestro pueblo serrano. En nuestra literatura, lo mismo que en la de otros pueblos andinos, se expresan tanto los motivos sociales como los sentimientos lí­ricos del hombre, su mundo espiritual y sus aspiraciones. Los escritores de la sierra cantamos a la naturaleza andina, su belleza incomparable, sus vientos, su inclemente frí­o, la caricia de su lluvia… Eso no lo puede sentir un escritor de la urbe costeña. Por eso, no nos entienden y nos marginan; ellos no tienen alma; tienen el interior vací­o, hueco… Para mí­, la literatura es, ante todo, la crónica de la vida espiritual y material de un pueblo… Yo he visto y veo continuamente cómo viven los campesinos de mi pueblo. e, inmerso en ese mundo en que me tocó nacer y vivir, siento en mí­ un í­ntimo compromiso, ineludible, que me empuja a escribir sobre esa vida…

 
* Á¿Qué esperas de todo esto?
– Quisiera que mis libros ayuden a las personas a ser mejores, a comprender mejor el mundo donde he vivido, a purificar su alma; que su lectura despierte el amor en el hombre, el afán de luchar activamente por los ideales del humanismo y del progreso de nuestros pueblos olvidados hasta ahora… Para mí­ la mejor recompensa es ver un libro mí­o, muy usado, todo maltrecho, después de haber pasado por las manos de decenas de niños lectores. Un libro así­ me llena de cierto orgullo, porque eso significa que ha sido del agrado de los niños para quienes fue escrito. Y siento una gran felicidad porque ello es una muestra de que he acertado y he encontrado el lenguaje común con mis lectores pequeños y con los adultos-niños. Y más me enorgullezco del hecho de que las obras que escribo para los niños estén cumpliendo con su objetivo que es el de educar y formar, con identidad nacional y sentimientos de alto nivel, al futuro ciudadano del Perú. Es una hermosa vocación que me nace de lo más recóndito del alma. Conversar y bromear con los niños, darles consejos, aclararles muchas dudas, enseñarles inadvertidamente algo bueno, es una labor que no está al alcance de muchos escritores que no son maestros al mismo tiempo…

 
* Para terminar, Á¿es muy difí­cil escribir?
– Bueno, es muy difí­cil y no es muy difí­cil, las dos cosas. Se trabaja y se sufre mucho al escribir. Pero, para que entiendas del por qué no es muy difí­cil, voy a responderte, tal como lo hice a mi amiga Consuelo Canales, en un homenaje que me hicieron en el Club de Coracora: “Muchos piensan que el trabajo del escritor es una labor muy difí­cil. Yo digo que no. Escribir es fácil. Basta con ir colocando en el papel, uno a uno, todos aquellos acontecimientos sencillos y bellos que no nos dejan vivir en paz. Basta con abrir las puertas del corazón para dejar salir la voz de nuestros sentimientos más puros y diáfanos. Yo no soy un gran creador. Sólo soy un instrumento del que se vale mi espí­ritu para hacer al hombre su confidencia. Aprendí­ a escribir cuando los paisajes de mi tierra natal me enseñaron a cosechar trinos de luz en las parcelas de la alborada; cuando me enseñaron a cantar a dúo con el viento y con los arroyos; cuando me enseñaron a bailar bajo los mielados arpegios de la lluvia ayacuchana…”

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