Por: Fernando J. Pebe

 

Ahora que sigue la euforia futbolí­stica por la posible clasificación del equipo peruano al Mundial de Rusia 2018, después de 36 años de ausencia, me viene a la memoria un viejo recuerdo pelotero, cuando me hice pasar como un jugador del equipo juvenil del Alianza Lima…

Esto sucedió en Pauza, empezando la década de los años setenta. Cuando terminada mi secundaria decidí­ regresar a mi pueblo natal por primera vez después de mi destierro involuntario en la capital donde fui “un huérfano pajarillo”, cumpliéndose el destino de todo ayacuchano que emigra.

Yo era un jovenzuelo de 19 años, cuando pedí­ a mis protectores ir a Pauza para visitar a mi madre biológica doña Raquel Pebe, afincada en las laderas de Renco. Después de catorce años regresaba al lugar de mis orí­genes, al pueblo que me vio nacer. Para llegar tuve que realizar un penoso viaje de más de 24 horas llegando a Pauza donde nadie me conocí­a ni me esperaba; luego tuve que cargar maletas y seguir caminando por el sendero que me habí­an indicado para llegar al caserí­o de Renco. Pues como por aquella época no era fácil la comunicación telefónica mi llegada era toda una sorpresa.

La caminata a pleno sol serrano fue fatigoso para mi joven cuerpo acostumbrado a una vida costera cómoda y fácil. Mi caminata por aquel senderito al borde del cerro, donde discurre un riachuelo de aguas cantarinas, fue algo muy hermoso. Subir la empinada quebrada de Renco también fue toda una hazaña que nunca olvidare. Pero mis ganas de reencontrarme con la madre que me dio la vida eran más fuertes. Una vez establecido en Renco disfrute de su silencio y soledad, de la naturaleza siempre verde, del cielo azul y de las noches estrelladas. Conocí­ a mis hermanas: Gladys, Ana Luz, Soledad, Celinda y Mario.

Después de una semana de adaptarme al ambiente andino decidí­ ir al pueblo a conocer a mi padre, una figura paternal que apenas recordaba, era una imagen borrosa en mi memoria juvenil. Según las indicaciones de mi madre y preguntando a la gente del campo llegué a pie a la gran casona que habitaba mi padre, donde para mi fortuna me recibió el mismí­simo Abelardo Guardia Neyra, el gran Abelardo, todo un personaje muy conocido y apreciado por estas comarcas. Nos reconocimos mutuamente y me brindo su casa. Reconocí­ a doña Encarnación Rosas y conocí­ a mis hermanos Dito y Winder, los primeros hijos de la familia Guardia Rosas.

Me quede un buen tiempo conviviendo con la familia paternal y fue en esas circunstancias que conocí­ a Antonio Calderón, hijo mayor de la familia Calderón, una de las familias más populares de la época; ya que el padre era el gendarme de Pauza, muy querido y respetado por la población conocido popularmente como el “Pato” Calderón, lo digo con todo respeto. Recuerdo que Antonio era el lí­der de una pandilla de maqtillos. El Antuco no paraba de preguntarme sobre la vida capitalina y sobre el equipo de futbol victoriano del Alianza Lima.

Era tanta su curiosidad y admiración que le dije que yo habí­a jugado en las divisiones menores del Club Alianza Lima y me conocí­a a todas las estrellas del equipo profesional; como al gran “Nene” Cubillas, a Perico León, Pitin Zegarra, Julio Baylón y otros. La noticia se rego por todo el pueblo y desde aquel instante estuve rodeado de una turba de maqtillos que no paraban de preguntarme sobre los jugadores aliancistas; me alcanzaban la pelota para que haga pataditas, cabecitas, taquitos, yo tuve que hacerme el lesionado. Antonio era mi más entusiasta seguidor y no paraba de elogiarme, ya que ser amigo de un pelotero capitalino era toda una gloria para ellos. Estaban deseosos de verme jugar con ellos y yo me hacia de rogar.

Mientras tanto conocí­ a Silvia Calderón una de las hermanas mayores de Antuco, nos hicimos amigos y pasábamos largas tardes andinas platicando a la sombra de un molle. Me entretení­a contando sus pecas, peinaba su larga caballera negra, soñábamos con dí­as felices. Hasta que las primeras sombras de la noche hací­an volver a todos los maqtillos a sus hogares. Por aquellos años la vida en nuestros pueblos andinos era más sano y divertido, serena y apacible. Lograr un beso de la mujer amada era todo un triunfo que atesorábamos, como el pirata que esconde su tesoro. Mientras que a lo lejos los perros ladran y el viento de la tarde sopla con fuerza.

No pude alargar más mi debut futbolí­stico en canchas paucinas, así­ que no me quedo más remedio que echarme un partido con los muchachos del pueblo, hice todo lo posible por impresionar a mis hinchas y vaya que moví­an su pelota estos maqtillos. Algunas jugadas me salieron y otras no. Al final tuve que hacerme el lesionado para justificar mi bajo rendimiento. Muchos se quedaron con más dudas que certezas, yo no era el pelotero que ellos esperaban, estaba escrito que el futbol no era mi fuerte, con los años aparecieron grandes peloteros en la tierra de las tunas…yo solo era un simple paucino buscando que recuperar mi infancia perdida que se quedo colgada en la cola de los toros mansos que solí­a llevar al bebedero…
Tiempo después, Antonio Calderón es policí­a como su padre y reside en Lima, Silvia es una abnegada madre y abuela, reside en Ica. Mientras que yo sigo cruzando rí­os, andando caminos, cada dí­a sigo sacando espinas de lo profundo del corazón.

¡Paolo Guerrero estamos contigo…¡ ¡Arriba Perú!antonio

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