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Mientras ordenaba mis objetos personales, encontré parte de un diario que escribí; como quiero conservarlos como recuerdo, decidí publicarlos en esta Web Pauza.com; de esta manera los tendré mas a mano cuando quiera recordar algunas de mis penurias y alegrías Estos “vómitos” derramados sobre un papel en blanco obviamente no son nada fisiológicos, nauseabundos ni asquerosos como ustedes pueden pensar; son” vómitos” difícilmente arrojados de tanta incesta de malas y ricas experiencias desde mi salida del país y estadía en el oriente, letra por letra, fragmento por fragmento. Y con esta entrada comienzo la tarea de incorporar estos fragmentos de un viejo diario. Quedaran para el recuerdo y creo que ganaran valor para mi con el paso de los años. Espero que no les resulte nauseabundo ni aburrido.
 
MARZO 1990
La vida me llevo a tomar los caminos del destierro, es decir, me convirtió de la noche a la mañana en inmigrante. Afortunado quizás, pero emigrar a Japón era casi como sacarse la lotería en un país como el Perú donde mas de la mitad de la población tiene pasaporte en mano y anda pensando en escaparse al extranjero.
Todo el mundo hablaba del Japón y de la cantidad de dinero que se podrá ganar que decían, “estaba botada”. Solo era cuestión de decidirse; sin embargo una vez dentro, el sobrevivir en este lugar no fue tan fácil, mas que nada para los primeros peruanos que pisamos suelo Japonés, porque la realidad es diferente, dura, lindo por momentos; pero en lo fundamental traumático.
Ser inmigrante es estar fuera del agua, con un pie en el país extranjero y con el otro en el Perú. Siempre extrañando, añorando, recordando a la familia, los amigos, la comida. Pienso que es una suerte de vivir a medias.
Nunca se me había ocurrido “vomitar” en un papel en blanco pero quería de alguna manera, tenia el “estomago” y la memoria represada de un sin numero de experiencias, gratas, no gratas, tristes, alegres. Quería expresar lo que significaba ser un Pausino en Japón; con sus infaltables penas, chascos, metidas de pata, frustraciones, conflictos y esperanzas. Es lo que intento reflejar a través de estos relatos. Es también mi manera de conciliarme con este país; porque a uno le cuesta reconocer que dos grupos culturales diferentes tienen necesariamente diferentes formas de vida, costumbres y creencias. Así como aceptar también las cualidades y defectos de los japoneses de la misma forma que lo hacemos con los peruanos.
 
Luego de haber vivido en el archipiélago durante años, es justo reconocer que finalmente el Japón te atrapa, te envuelve y casi sin darte cuenta terminas asimilando poco a poco, día a día algo de ese espíritu japonés.
Lo cierto es que el dorado Japón abrió sus puertas a los descendientes de los inmigrantes japoneses, y de pasadita también a los que no lo eran; pero que podíamos demostrar que si lo éramos. Un caso ante el cual ni un genio hubiera encontrado una manera fácil de resolverlo, pero para los peruanos era pan comido. Es decir, falsificando documentos. Ahí fue cuando apareció el lado oscuro del ingenio criollo y de la noche a la mañana miles de peruanos que antes se apellidaban “Pizarro, Vargas, Pérez” terminaron convertidos en “Higas, Suzukis, Saitos y Yamaguchis casi como por arte de magia.
La clave del asunto era definitivamente conseguir el koseki. Este era el documento madre, el mas importante, que probaba la descendencia, sin este documento era imposible el viaje. Muchos hicieron su agosto con este simple papel, fluctuaba entre 500 a 1500 dólares por copia. Negocio redondo, para todos los que le gustaban hacer dinero fácil, lo demás era papayita, pues quien no sabe que en el Perú y no es novedad ni ofensa todo se puede conseguir, gracias a las buenas movidas o los buenos billetes.
 
Aquellos días, meses de la década de los 80- 90, los petardos y las bombas, el caos y la incertidumbre se apoderaron de casi todos los titulares y las primeras páginas de los diarios en Lima. Eran el pan nuestro de cada día. El pánico se apodero de la televisión, y de todos los medios, revistas, diarios que circulaban en la asustada capital. Pero aquellos meses del año 1990-91 sucedía lo inesperado, los titulares eran también otros como: “Del caos creciente al país del sol naciente” “Peruanos en mancha al Japón” y así; no había ni un solo día que los diarios hablen sobre viajes al Japón. Así que muchos peruanos comenzamos a darle vueltas y vueltas al asunto, muchos nos alimentamos de estas noticias para ponernos a pensar y tomar la gran decisión final. A partir de ese momento comenzamos los preparativos para embarcarnos en la aventura que significaba dejar el país natal para probar suerte en la tierra de la cultura y la tecnología.
 
Fuimos a la oficina del contratista en donde recibimos la información necesaria. Las condiciones eran casi perfectas ellos se encargaban de financiarnos el pasaje de ida y vuelta, nos proveían alojamiento y comida, se encargaban del transporte a la fabrica y de lo mas primordial del visado correspondiente.
Pasaron muchos años desde aquellos días, pero recuerdo que salimos muy contentos con esa posibilidad que la vida nos estaba dando. Como teníamos casi todo servido en bandeja, no era necesario mucho dinero para emprender el viaje, y ese fue el motivo por el cual pudimos partir casi de inmediato ya que no contábamos con fondos suficientes para hacerlo por nuestra cuenta. De todas maneras no podíamos partir con los bolsillos vacíos; así que para hacerme de algunos dólares, vendí todo lo que tenia hasta la ultima pluma y botella de la bodega avícola “Marielena” de San Juan de Miraflores.
 
NOVIEMBRE 1991
 
Partimos del aeropuerto Jorge Chávez. Éramos un grupo de 25 personas, entre Barranquinos, Supanos, Chimbotanos, Limeños y un Pausino; todos con la misma incertidumbre y bastante nerviosos por la experiencia.
Demás esta decir que no nos separáramos un instante hasta que lleguemos a destino por la angustia de estar viajando a lo desconocido.
Después de hacer escala en Miami, Los Ángeles; llegamos a la ciudad de Vancouver-Canadá; el frío era intenso. El aeropuerto comenzaba a cubrirse de nieve, era la primera vez que presenciábamos una caída de nieve de esa magnitud, nos pareció impresionante.
Luego se suscitaron algunos inconvenientes; en el cual nos informan que el siguiente vuelo hacia Tokio era suspendido por problemas climáticos. En seguida nos trasladan a uno de los hoteles más cercanos del aeropuerto, para partir al día siguiente a las 5 de la mañana. Fue impresionante estar en el piso 28 de aquel lujoso edificio y ver la ciudad entera de Vancouver, obviamente nunca habíamos dormido en un hotel de 5 estrellas. Entre chistes y conversaciones nos quedamos profundamente dormidos, Aun recuerdo el desagradable sueño de aquella noche .Nos despertarnos y nos fijamos la hora; 6 de la mañana, inmediatamente salimos por los demás compañeros, sin obtener ninguna respuesta de sus habitaciones, el pánico se apodero de nosotros, mas adelante las lagrimas comenzaron a rodar por nuestras mejillas, empezamos a pensar en lo peor.
Tratamos de bajar al primer piso y no había cuando llegar, el ascensor nos bajaba y luego nos subía; realmente era un calvario. Después de minutos interminables llegamos a la oficina de administración del hotel y continuaron los problemas; esta vez de comunicación, y ninguno de los tres siquiera masticábamos lo básico del idioma ingles, en ese mismo instante se me venia a la mente la imagen del profesor de ingles de secundaria.. Juan Marinho quien nos decía “estudien muchachos estudien que algún día les va a servir”…..pero nosotros nunca le hicimos caso…sin embargo aprobamos…así es,,,, Nos sentíamos impotentes al no poder explicar lo que nos estaba sucediendo; Solo cuando mostramos nuestros boletos de viaje pudieron entendernos e inmediatamente nos enviaron un taxi para enrumbarnos al aeropuerto. Grande fue nuestra alegría cuando vimos a nuestros otros compañeros haciendo fila india para embarcarse a Tokio. Hubieron algunos cruces de palabras por lo que no nos pasaron la voz, por lo que nos habían olvidado; pero fue superado por la misma alegría de estar nuevamente juntos.
Llegamos al aeropuerto de Narita -Tokio. En las ventanillas de inmigración nos perseguían los problemas. Pasé a cumplir con el respectivo tramite y me quede esperando a un amigo, como se estaba demorando volví a ver que pasaba; cuando me acerque, escuche al policía que lo estaba ametrallando a preguntas, pasamos unos cuantos minutos interminables; hasta que por fin le sello el pasaporte y la sangre volvió a circular por nuestros cuerpos.
Luego el paso obligado por la aduana. Lo primero que me pregunto el empleado es; si portaba algo de lo que estaba dibujado en un cartel que me mostró, en donde entre otros objetos figuraban un puñal y un revolver. Parecía broma, obviamente le dije que no, pero al mismo tiempo casi le digo como Ayacuchano; salvo un par de petardos en la mano.
A uno de mis compañeros le revisaron todo el equipaje. En un determinado momento, el funcionario saco de su maleta un paquete, a su entender sospechoso. Luego de desenrollar metros de papel dio con el contenido; unos pestilentes retazos de charqui mas unos carretes de queso que olían a pezuña y lo decomiso como correspondía, ni los perros policía se acercaban a la carne seca.
 
Continuando con la pesquisa, lo obligo a quitarse los zapatos; lo observo por un momento y creo que por el olor nauseabundo que emanaba de sus pies dio por concluido el trámite en ese momento. Seguidamente como todo estaba perfectamente señalizado, pude dar con el baño rápidamente. El único inconveniente se presento cuando quise lavarme las manos, los caños no tenían mando alguno. Después de observar detenidamente el artefacto y hasta ver si en el piso había algún control para hacerlo funcionar; acerco casualmente mi mano al endemoniado aparato, con lo cual el agua comenzó a salir….obviamente era demasiado avanzado para un ciudadano del tercer mundo como yo. Todavía teníamos que encontrar a nuestro contacto Japonés que supuestamente como nos informaron en Lima estaría esperándonos sosteniendo un cartel con el nombre de la empresa Yu-suzuka. No veíamos a esta persona por ningún lugar y quedaba poca gente esperando. Cuando comenzamos a desesperarnos, se acerco un individuo con aspecto tísico, nos pregunto si éramos las personas que comenzó a nombrar y se identifico como nuestro contacto.
 
Así concluyo parte de nuestra odisea que fue solo el comienzo de la pesadilla que nos tocaría vivir como inmigrantes económicos en la tierra del sol naciente.
 
Los primeros peruanos en llegar a Japón fuimos jóvenes padres de familia que teníamos en mente quedarnos uno o dos años, ahorrar 10 o 20 mil dólares y volver al Perú para abrir un negocio.
En realidad, ¿que Peruano emigro a Japón con la intención de quedarse?- ninguno, todos querían volver. La primera navidad en Japón para los Peruanos solitarios lejos de la esposa, hijos, padres y hermanos, fue desoladora. ¿Quien no quebró?, ¿quien no lloró? De nostalgia y soledad en un país donde las fiestas navideñas no tienen ningún significado familiar.
 
En esa época los trabajos que realizábamos los latinos, encajaba dentro de lo que los Japoneses denominaban sucio, duro y peligroso. No obstante los primeros años de la década del noventa son probablemente los mejor recordados por los peruanos; por la abundancia de trabajo. Nadie ha podido ahorrar tanto como en aquellos años dorados.
Paradójicamente ser Latino implicaba muchos problemas. No había Internet, y se puede decir que era más fácil encontrar oro que publicaciones en español.
Aun recuerdo la emoción que sentí cuando después de varios meses en Japón, tuve en mis manos una edición del comercio. No lo leí, lo devore, no deje palabra alguna, fue como descubrir petróleo.
Aun no se había puesto de moda el alquiler de videos, programas, novelas de Perú; pero no faltaba quien hubiera llegado recién de Perú con aquellas cintas cuyos familiares les grababan programas Peruanos. Tener videos de Perú era todo un premio e inmensa alegría.
Vivíamos en unos cuartos que mas parecían conejeras y no se podían hacer ruido. Y lo que felizmente hay en todas partes del mundo es la cerveza, bendito licor, creo que sin este, colapsaba nuestro cerebro.
 
El fútbol aun no era popular en Japón y no había muchas canchas donde jugar, así que improvisamos parques y riberas de ríos para patear pelotas con ese entusiasmo infantil y pasión guerrera. Para un vasto sector de Peruanos, Brasileños, Bolivianos; el fútbol era el único espacio de mata estrés y relax.
El desconocimiento del idioma origino un sin fin de malentendidos y anécdotas de todo color.
Aun recuerdo una de ellas.
Después de haber laborado durante catorce horas, salimos de la fábrica todos con un tremendo filo, hambre y cansancio, hicimos una paradita de nuestras bicicletas en un supermercado que encontramos en el trayecto. Cogimos latas de conservas, atunes, arroz y un sin numero de comestibles; luego comenzamos a pedalear. Al llegar al “apaato” preparamos la sopa, el arroz y todo eso, en seguida nos servimos hasta decir sufi- sufi; habíamos comido demasiado pero riquísimo. después de haber saciado nuestro apetito; el siguiente trabajito nadie lo quería hacer; de lavar los servicios, platos y demás utensilios, pero no falto un acomedido que comenzó a moverse, como un verdadero mozo a hacer la limpieza, como ; recoger las latas vacías de los atunes, restos de comida, cucharas, palos etc. etc. En ese instante se acerca uno de ellos y se da con la gran sorpresa de encontrar un detalle en la etiqueta de una de las latas y al mismo tiempo soltó una tremenda carcajada, que fueron interminables….nadie nos explicábamos el porque de aquella prolongada risa; hasta que por fin soltó el porque……. había observado una imagen de un felino [gato] en una de las latas de atún…….ya se imaginan que tipo de enlatado habíamos ingerido sabrosamente.
Mas tarde todos se enterarían y fuimos el vacilon, el hazme reír de todos los que habitaban en aquel lugar.
 
Pronto los peruanos aprendieron lo elemental de la lengua Japonesa para defenderse en el trabajo, tampoco había que saber mucho, pues las labores diarias eran mecánicas, colocar piezas, apretar botones, sacarlas…etc. etc.
 
 
En esos tiempos más importante que el lenguaje hablado era el de las señas. Si no nos podíamos entender como humanos, quizás si lo haríamos como simios. Hubo quienes nos preocupamos por ampliar nuestros horizontes idiomáticos, pero la gran mayoría se conformo con lo básico para trabajar y desenvolverse en lugares públicos.
 
En los supermercados, como en cualquiera de su tipo en el mundo, uno tomaba lo que quería y pagaba, no era necesario hablar. En los restaurantes como las cartas estaban ilustrados, no había más que señalar con el dedo el plato que se nos antojaba y decir “kore” [este o esto]. Y para gestiones más complejas como trámites en municipalidades o asistencia médica, acudíamos con los traductores de las compañías contratistas en el caso de la Yusuzuka, la tía Kikuko san que era el nexo con las fábricas.
Así que que emigrar no es la octava maravilla del mundo hay que ser muy valiente para hacerlo.
 
Uno no llega a un paraíso, debe enfrentar un choque cultural tremendo y adaptarse para sobrevivir, sobrellevar la discriminación, la xenofobia y la imposibilidad de la comunicación.
 
El inmigrante es un ser marginal en la sociedad en la que se inserta y en la que tiene que soportar situaciones muy duras.
 
La experiencia de Japón no solo trajo dinero en abundancia para los inmigrantes, también produjo hogares destruidos, hijos que no conocieron a sus padres, matrimonios fracasados, altos índices de depresión, stres, y una sensación de cansancio y hartazgo.
El balance de inmigración tiene desde el punto de vista humano, una carga negativa muy alta que muy pocos se han interesado en tratar de conocer. Y si cuento estas experiencias ocurridas a peruanos en Japón, no es para hacer escarnio del drama, es solo una forma de expresar y hacer ver a los demás, las cosas que le suceden a los inmigrantes, la gran diferencia de culturas, visiones del mundo y los mecanismos que muchos tuvimos que utilizar para poder enfrentar ese mundo tan difícil y complejo, tan diferente al nuestro y al que tuvimos que ingresar de golpe, muchas veces con esa picardía, la chispa y el espíritu criollo que son “cualidades”… dicen….” extraordinarias” que tenemos los Peruanos.
 
Pero la estafa, la deshonestidad y toda suerte de actitudes inmorales, desprestigio a toda la comunidad Peruana ante el gobierno Japonés, es por eso que hoy estoy acá y lo que hoy hace casi imposible conseguir una visa para Japón.
Es imprescindible un cambio de mentalidad en la gente que emigra, no se puede pensar en continuar actuando bajo el criterio del “yo soy vivo pe compare” con el que se actuaba aquí.
 
 
Los que emigramos debemos entender que si un País nos acoge, lo mínimo que podemos hacer es respetar sus costumbres, sus leyes, sus valores y hacer el máximo esfuerzo por cambiar los malos hábitos que llevamos nosotros. Este libro es una forma de agradecerle a un País que me abrió las puertas, a los amigos Japoneses que conocí, a los Peruanos amigos con los cuales tuve la oportunidad de compartir la experiencia del Japón; experiencia sin duda muy enriquecedora para cualquier ser humano.
A pesar de que casi todos los relatos fueron pensados en Japón, solo la calma y la tranquilidad de esta casa en el Callao dejaron que saliera a la luz.
 
Prosiguiendo con la historia que comenzó con la llegada de los peruanos al Japón; como tantos empresarios japoneses debido al incremento de la producción, se habían visto en la necesidad de contratar trabajadores extranjeros, entonces llegaron los primeros peruanos a las fabricas y los directivos quedaron impresionados por su eficiente trabajo. En su pésimo español empezaron a indagar por el salario que recibían los trabajadores del contratista.
 
Sacaron cuentas a lo que pagaban ellos y llegaron a la conclusión que era buen negocio convertirse ellos también en contratistas, para luego convertirse en empresarios; se conectaron con las agencias de viaje en el Perú, y de la noche a la mañana apareció en Japón a principios de los años noventa un nuevo contratista de personal.
Al comienzo la gente llegaba de a pocos y no hubo mayor problema en conseguir apartamentos, pagar las garantías, y comprar los artefactos básicos indispensables nuevos o en una tienda de segunda mano; que eran entregados al trabajador sin costo alguno como parte del contrato.
Si el trabajador se retiraba antes de cumplir un año de contrato, los descontaban en su sueldo. Ellos nunca perdían.
Pero continuaba la demanda de mano de obra y los directivos japoneses empezaron a pedir a los mismos trabajadores, que avisaran y trajeran a sus amigos y familiares. Ellos pagarían los pasajes, que después serian descontados en cuotas mensuales y se ubicarían a los trabajadores en las fábricas de sus amigos, pertenecientes a la misma rama manufacturera.
 
El problema del alquiler de apartamentos se hizo álgidos empezó a gastar una fortuna en el pago de garantías y aprovisionamiento de artefactos. Los directivos le dieron vueltas al asunto.
Pero el lugar donde vivíamos nosotros, era de dos plantas con una cocina y servicios higiénicos para damas y caballeros en cada piso. En cada habitación se podían acomodar hasta tres personas, por lo tanto tres futones [colchoneta que se usa en Japón para dormir] disponiendo cada habitación un closet, una pequeña mesa con calefacción incorporada, y un par de bancos; solo sobraba el espacio suficiente para entrar y salir, sin irse de narices contra la pared.
 
Al común en Japón donde las viviendas son pequeñas.
 
Los primeros inquilinos fueron acomodados en cada cuarto. Pero con la llegada de más trabajadores, poco a poco el contratista fue colocando dos hasta tres, cuatro personas por habitación, produciéndose un hacinamiento increíble. El feliz de la vida, continuaba descontando la misma cantidad por alojamiento y de esta tres, cuatro entradas. Sin embargo las cosas se empezaron a complicar por el paso del tiempo y por la masiva llegada de más trabajadores tanto brasileños como peruanos.
 
Para la limpieza nos dieron en turnos de todos los días; hoy la habitación numero uno, mañana la dos, y así sucesivamente, pero con tanta gente en el lugar mas los visitantes, a la media hora ya estaban hechos mugre, hacían caso omiso quitarse los zapatos en la puerta de entrada y usar las pantuflas. Los atoros y la pestilencia se empezaron a hacer cotidianos y como siempre en estos casos nadie se quiso hacer responsable.
 
El asunto era un asco total. El uso de la cocina era otro enredo de marca mayor.
 
En el caso de otros contratistas solo les proporcionaban una refrigeradora o dos para todos, y en este caso algunos ingenuos compraban al principio su leche, jugos, gaseosas a los que le colocaban sus nombres y luego dejaban en la refrigeradora común. Pero al ir a buscarlos al día siguiente solo encontraban los recipientes vacíos; otros compraban comida preparada para las noches, pero como siempre no faltaban los entusiastas que decidían cocinar. La cosa era rápida y a la gana gana, porque solo había tres cocinas de mesa y encima había que echarle unas monedas de 10 yenes que duraba solo cinco minutos, si no la cosa no funcionaba.
 
El ultimo en cocinar lo hacia con suerte a las once de la noche, luego de haber tenido que lavar algunos de los utensilios que otros habían utilizado. Es decir todo un desastre. A veces nadie se hacia cargo de la limpieza de la cocina del piso, ni de los utensilios, y al cabo de unos meses la cocina y todo la que esta tenia era para llorar a causa de la inmundicia en que se había convertido y por la cantidad de basura y retazos de cebolla tiradas en el piso.
Las mujeres se cansaron de tratar de organizar las cosas. Esa era tierra de nadie. Somos la muerte los peruanos; nadie nos gana en pendejadas.
 
Los avisos referentes al orden y la limpieza, eran un adorno más en las paredes. Al final la refrigeradora permanecía siempre vacía, porque los pocos entusiastas que continuaban cocinando, compraban solo para el día; evitándose así el problema del saqueo de víveres.
Las visitas al cuarto de las chicas fue otro dolor de cabeza que obligo a la traductora a acudir donde un medico en varias oportunidades, pero muy discretamente para chequear sospechosos retrasos menstruales. En vista de la situación, este opto por separar a los hombres y mujeres en diferente lugar; pero igual, siempre se abrían y cerraban las puertas de las.
Continuara…
Por: Wilman Raul Espinoza Zuzunaga

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